Juego de palabras para evitar la dimisión - 6 de 11





Por Armando Maronese   *

Perón se había llamado a silencio. Que su voz no se oyera en esos días -no abría la boca desde el viernes 16 de septiembre-, contrastaba con los diez años de monopolio absoluto.
 
Era la alborada del lunes 19 y los buques de guerra comenzaron a maniobrar frente a la costa de Mar del Plata, que había sido evacuada ante la advertencia de un inmediato bombardeo. A las 7, el crucero Nueve de Julio comenzó su cañoneo y los dos primeros disparos dieron en el blanco, provocando un incendio cuya humareda se divisaba claramente desde el centro de la ciudad balnearia. Pero sobre el filo de la hora de vencimiento, cuando los cañones del crucero comenzaban a apuntar hacia su objetivo, algo detuvo la operación.
 
Por Radio del Estado, se anunció que el ministro Franklin Lucero daría a conocer un documento que el presidente de la Nación acababa de dirigir a las Fuerzas Armadas. A las 12,45 hs. leyó una carta de Perón, que decía: "Hace varios días que intenté alejarme del gobierno, si ello era una solución para los actuales problemas políticos. Las circunstancias públicas conocidas me lo impidieron, aunque sigo pensando e insisto en mi actitud de ofrecer esta solución constitucional".
 
Perón, dispuesto a resignar el poder, trató de justificar su abandono de la lucha con estas palabras: "Yo, que amo profundamente al pueblo, sufro un profundo desgarramiento en mi alma por su lucha y su martirio. No quisiera morir sin hacer el último intento para su paz, su tranquilidad y felicidad. Si mi espíritu de luchador me impulsa a la pelea, mi patriotismo y mi amor al pueblo me inducen a todo renunciamiento personal".
 
Frente al ultimátum lanzado por la Marina, concluyó: "Ante la amenaza de bombardeo a los bienes inestimables de la Nación y sus poblaciones inocentes, creo que nadie puede dejar de deponer otros intereses o pasiones. Creo firmemente que ésta debe ser mi conducta y no trepido en seguir ese camino. La historia dirá si había razón de hacerlo".
 
La información de que también podría ser bombardeada la Capital y el espectacular incendio de los depósitos de combustible de Mar del Plata, decidieron a Perón a entregar el mando al Ejército. El poder quedó entonces en manos de Lucero, quien leyó otro comunicado por radio en el que decía: "Ante el ultimátum de bombardeo de la ciudad de Buenos Aires y de la destilería de petróleo de La Plata y para evitar mayor derramamiento de sangre, invito a los comandos revolucionarios actuantes a concurrir a la sede del comando en el Ministerio de Ejército, a iniciar de inmediato tratativas tendientes a solucionar el conflicto e invito, asimismo, a los mismos comandos a que cesen de inmediato las hostilidades en la situación alcanzada".
 
Luis Ernesto Lonardi -hijo del jefe sublevado-, hizo este relato sobre la entrada de efectivos en Córdoba: "El 19 a la mañana, parte de las tropas comenzaron a desplazarse hacia el centro de la ciudad. [?] En esa oportunidad, los civiles defendieron la entrada a Córdoba con ejemplar heroísmo. Detrás de cada puerta, de cada ventana y en todas las azoteas, un cordobés armado como pudo, demostraba a los soldados del ejército regular que la libertad se defiende a cualquier precio".
 
El general José Epifanio Sosa Molina, en cambio, veía la situación muy favorable al gobierno: "Yo estaba seguro de que la revolución sería derrotada, porque la situación de los rebeldes era insostenible. Córdoba estaba completamente rodeada y sólo faltaba la orden para el asalto final. De pronto se me vino el mundo abajo: con la batalla casi ganada, me informaban mis comandantes que habían escuchado la orden de cesar el fuego. No lo podía creer. Esa misma noche viajé a Buenos Aires y fui destituido".
 
"Deben ser los gorilas..."  -  El país seguía todo con angustiosa expectativa a través de las emisoras. Al duelo de informaciones entre la cadena oficial Radio del Estado y las emisiones rebeldes de La Voz de la Libertad, se sumarían las siempre esperadas últimas noticias de Radio Carve desde Montevideo. En Buenos Aires regía el estado de sitio, pero no se observaban anormalidades ni movimientos de tropas. La sublevación se vivía dentro de las casas, en un clima de tensión por las informaciones radiales. Cuando paraba la lluvia, las azoteas se poblaban de curiosos. Unos iban a reforzar las antenas para captar mejor las emisiones uruguayas; otros subían con prismáticos, esperando ver pasar algún avión. Esto producía diálogos irónicos de un techo a otro. Para referirse a los sublevados, los vecinos apelaban a un popular cantito: "Deben ser los gorilas, deben ser ¿Qué andarán por ahí?". Era un gracioso estribillo que la gente había adoptado para burlarse de los comunicados oficiales.
 
Así nació el mote de gorila que se adjudicaron los propios antiperonistas. Hasta septiembre de 1955, nadie había usado esa palabra ni se la asociaba con actitudes políticas o militares, porque a los opositores se les llamaba contreras. El gobierno los calificaba públicamente de oligarcas y vende patrias. Uno de los autores de aquel famoso estribillo fue el libretista Aldo Camarota, quien explicó: "Los gorilas nacieron en una parodia de la película Mogambo, que escribí en marzo de 1955 para «La revista dislocada», de Delfor. En nuestra parodia, el científico era un reo porteño que ante cualquier ruido extraño decía: "¡Deben ser los gorilas, deben ser!".
 
El lunes 19 la excitación ya atrapaba a la mayoría de los porteños. Sin embargo, aún nadie manifestaba abiertamente sus opiniones. Existía el temor a una severa represalia, porque se sabía que Perón había amenazado con emplear a los jefes de manzana. Esto hacía que los opositores evitaran andar por las calles y se reunieran en casas de amigos, junto a un buen receptor de radio. Los peronistas empezaron a desconfiar de las noticias oficiales. Como éstas daban por sofocada una sublevación que seguía en pie, muchos se palpitaron la derrota y prefirieron eludir los encuentros. Unos y otros se encerraban discretamente en sus casas. Por eso se veía más gente en los techos que en las calles. Hasta que al mediodía del lunes 19 -a las 12,50 hs.-, Radio del Estado difundió la noticia de la tregua y la carta de Perón, que delegaba el poder en manos del Ejército.
 
Fue como una señal de liberación. Los más excitados salieron a descargar un grito guardado por diez años: "¡Viva la libertad!". Invariablemente alguien respondía lo mismo desde una ventana. Los de las azoteas bajaron a las veredas y los que espiaban salieron a los balcones. Primero agitaban pañuelos, de golpe asomaron banderas argentinas. Las calles se empezaron a poblar de manifestantes y los que fueron sorprendidos por la noticia mientras manejaban, decidieron improvisar un concierto de bocinazos. El desborde se hizo incontenible y no encontró resistencia, pues la ciudad estaba sin policía -acuartelada, sin instrucciones precisas- y tampoco había autoridades. El desbande peronista había comenzado y ningún jefe de manzana se animó a dar la vida por Perón.
 
Densas columnas de peatones y largas caravanas de automóviles aparecieron en numerosas calles. Era el gran desahogo tras una década sin libertad de expresión. Nadie se acordaba que aún regía el estado de sitio. El hijo de Lonardi dejaría reflejada aquella espontánea manifestación con esta frase: "Miles de personas se lanzaron a las calles a exteriorizar su alegría. Será difícil que volvamos a ver una expresión tan intensa de emoción colectiva, como la de aquella tarde del 19 de septiembre".
 
Mientras en muchos lugares del país ya se pisoteaban sus fotografías, en la noche del 19 Perón ordenaba que le prepararan un maletín con ropa y dinero en efectivo. Fue cuando se dio cuenta de que su régimen se derrumbaba. Conocida su carta de delegación del poder, desde Córdoba llegó una breve respuesta del comandante rebelde: "Es condición previa para aceptar la tregua, la inmediata renuncia de su cargo por el señor presidente de la Nación". Debajo de la firma se leía: "General Lonardi. Jefe de la Revolución Libertadora". Era la primera vez que usaba ese nombre para identificar a la sublevación.
 
Los generales de mayor graduación, constituyeron una junta -presidida por el teniente general José Domingo Molina-, que se puso a estudiar la carta de Perón. La discusión era sobre las dudas que generaba la palabra renunciamiento en vez de renuncia, señalada con insistencia por el general José Embrión. Pero como el sentimiento militar era el de concluir con las operaciones y evitar una guerra civil, la mayoría quiso que fuera una renuncia y como tal fue aceptada. Así se les informó a los jefes rebeldes, invitándolos a enviar una delegación ante el temor de que la CGT consiguiera armas para resistir.
 
Perón no quería irse sin intentar una última jugada. A las nueve de la noche sorprendió a los miembros de la junta convocándolos a todos en la residencia de Olivos. Como le desconfiaban, solamente enviaron una comitiva. Perón los recibió en compañía de Lucero, para explicarles que la suya no era una renuncia porque no estaba dirigida al Parlamento, sino al Ejército y al pueblo, y que si éste no la aceptaba entonces él seguía siendo presidente. Reiteró que su carta era un elemento de negociación con los rebeldes y que la junta se equivocaba al tomarla como una renuncia.
 
Todos interpretaron que se trataba de una maniobra para seguir en el poder, pero el general Ángel J. Manni contestó que las fuerzas leales ya no estaban con ánimo de seguir peleando y que la renuncia de Perón había sido aceptada definitivamente.
 
A las ocho de la mañana del día siguiente, Perón partió en automóvil de la residencia y se detuvo en la embajada del Paraguay. El embajador Juan R. Chaves resolvió llevarlo hasta la cañonera Paraguay, que estaba en reparaciones. Eran las 10 de la mañana. Perón fue alojado en la cabina del comandante.
 
En realidad, más buscados que Perón eran en ese momento los comisarios Cipriano Lombilla y José Faustino Amoresano, a quienes un grupo de opositores -torturados en la Sección Especial de la policía-, ansiaba hacerles justicia antes de que se fueran del país. Pero éstos se refugiaron rápidamente en la embajada de México. Los hermanos Juan Carlos Emilio y Luis Amadeo Cardoso también se escondieron en la embajada de Paraguay.
 
El desenlace – Mientras avanzaba la tarde del 20 de septiembre de 1955, empezaron a descolgarse los cartelones de propaganda oficialista y se encendieron las primeras fogatas con retratos, folletos y el libro "La Razón de mi Vida". En la avenida 17 de Octubre, un grupo de vecinos restauró la denominación original de avenida Juan B. Justo, con carteles hechos a mano. Frente a la Secretaría de Trabajo y Previsión, cinco antiperonistas con barras de hierro comenzaron a desprender las placas conmemorativas que cubrían la pared de Perú al 100. El más fanático enarbolaba una larga palanca de tranvía y se desgañitaba: "¡Hace diez años que esperaba este momento!".
 
"¡Hijo de puta, cobarde de mierda, nos deja solos!", vociferaba Arturo Jauretche. Así lo cuenta su sobrino, Ernesto Jauretche, quien recuerda que "le dio un ataque de ira, porque se sentía dolorido e indignado; estaba furioso contra Perón". Era el mismo sabor amargo que tenía en ese momento la saliva que tragaba la mayoría de los peronistas sinceros, aquellos que confiaban en un gesto acorde con la dimensión alcanzada en esos diez años.
 
A la una y cuarto de la madrugada del miércoles, una ráfaga de ametralladora sacudió la zona céntrica de la capital. Luego retumbó un cañonazo. Después otro. Y otro más. Se pensó que la flota estaba bombardeando la ciudad, pero era un ataque contra la sede de la Alianza Libertadora Nacionalista, en San Martín 380 casi esquina Corrientes, donde un par de tanques de guerra disparaba sus cañones. Los ocupantes de la sede también dispararon, pero por los techos mientras el edificio se desmoronaba estrepitosamente. Como todo el peronismo.

Por Armando Maronese
V. 07/8/2020
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