El tiempo pasa...





Por Armando Maronese   *

El tiempo... ¡Ay amigo! ¡Cómo pasa el tiempo! Uno casi siempre se lamenta de eso, pero no tenemos en cuenta que lo que vale en realidad, es haber disfrutado plenamente de los pequeños momentos de la vida. Pues la vida se compone de momentos ¿No?

Los años vividos no han dado la experiencia..., la experiencia que imponen los años. Lindo sería ser joven con experiencia. Sería bueno eso, pero no se da así. Uno ya, antes de dar un paso, sabe si algo saldrá mal o no, cosa que no les pasa a los jóvenes.
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Y si pensamos bien, uno debería nacer ya con ese sentido de la vida que le permita no equivocarse tan fácilmente. Muchas cosas andarían mejor..., el amor, los negocios, la educación de los hijos, etc.
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Y como muchas veces dice aquel viejo nostálgico y romántico, que suele navegar, le agrada pescar y pasar tiempo en el campo, junto a su querido caballo y además..., mirar a esas mujeres bonitas que Dios nos ha dado... ¿Pues tú sabrás que la mujer es lo más hermoso que Dios ha hecho en este mundo, no? Pues así es... y él suele decir...
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- El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos; ¡Ah! pero el amor lo reflejo como ayer, en cada conversación, en cada beso, en cada abrazo y se impone siempre un pedazo de razón.
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Pasan los años y como cambia lo que yo siento, lo que ayer creía que era amor se va volviendo otro sentimiento ¡Se vuelve amor!. Porque años atrás, tomar una mano, robar un beso, sin forzar un momento, formaban parte de una verdad.
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Ahora vamos viviendo, viendo las horas que van muriendo y las mismas discusiones se van perdiendo entre las razones.
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Ellas a todo dicen que sí, yo a nada digo que no; para poder construir la tremenda armonía que pone en resonancia a los corazones.
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Porque el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos ¡Ah! Pero el amor lo reflejo como ayer, en cada conversación, en cada beso, en cada abrazo y se impone siempre un pedazo de razón.
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El tiempo pasa y la vida se nos va. El tiempo pasa y nos da experiencia ¿No es así? Pero hay algo que no nos da, y es el poder dominar nuestros sentimientos y como yo no pertenezco a una sociedad machista, a veces..., lloro.
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Recuerdo... recuerdo… Me acerqué con la curiosidad de los inocentes, tratando de disimular mi curiosidad. Como los distraídos que miran al azar y que, como por descuido, buscan encontrar un rostro entre la gente. Los recuerdos surgieron sin poder contenerlos. Las imágenes, difusas por el paso del tiempo, volvieron a mi mente como si hubieran ocurrido ayer. Quería equivocarme, pero al mismo tiempo deseaba que fuera realidad. Sentí un ardor intenso en el pecho mientras me daba cuenta que la volvía a ver..., después de tanto tiempo. La volvía a ver y mi sangre comenzó a bullir ardorosamente. Mi fuego nunca se extingue.
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Mi mirada se proyectó directamente hacia su mente, tratando de conmover sus pensamientos. Estaba sentada, esbelta, hermosa, a la mesa de la cafetería. Vestía elegantemente, como siempre, cuidando hasta los mínimos detalles. Con su singular delicadeza se dirigió al mozo para pedir un café.
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Mientras simulaba acomodar sus gafas, miró de reojo como si hubiera sentido la intensidad ardorosa de mi mirada. Un gesto de asombro y de incredulidad se dibujó en su perfecto rostro. Sin darme cuenta, dirigí mis pasos hacia ella. Una suave sonrisa se dibujó en su rostro. Me ubiqué en la silla, sin preguntar, como los que no necesitan excusas para hacerlo. Nos miramos tratando de contener el tiempo y de decirnos tantas cosas en un instante.
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Tenía algo distinto. Me pareció que sus ojos no brillaban con la misma intensidad de antes. Intentó disimularlo, pero la descubrí por mi experiencia de viejo. Muchas veces imaginé este momento y las palabras que le diría..., sin embargo no pude componer las frases tantas veces ensayadas.
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- ¿Cómo estás? Preguntaste mientras me contemplabas. Suspiré profundamente tratando de armar una respuesta lógica, pero sincera y sólo atine a decir:
- ¿Cuándo volviste...?
- Hace unos días, pero... estoy de paso- me dijo.
- Te ves muy bien..., quizás un poco triste.
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Se acomodó el cuello de la campera y con un tono de resignación musitó:

- Es la vida..., que no perdona los errores - contestó.
- Muchas veces intenté saber de ti.
- ¿Por qué no viniste a mi encuentro? – dijo ella.
- No sabía si debía... contesté.
- Te necesité..., te extrañé – dijo mirándome fijamente a los ojos.
- Me pediste que no te siguiera, le dije. Muchas noches mis lágrimas humedecieron tu nombre. Me dejaste hecho trizas.
- Nunca dejé de amarte – Y volvió a mirarme.
- Y yo nunca pude olvidarte.
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Nuestras manos no pudieron evitar encontrarse y con los dedos entrelazados, permanecimos intercambiando las sensaciones de tanto tiempo perdido.
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- ¿Por qué te fuiste así? – me preguntó.
- Te amé con tantas fuerzas que tuve miedo..., miedo de asfixiarte, de anularte, contesté.
- Me privaste del derecho de elegir. Lo hubiéramos intentado - contestó. Quise encontrarte en otras miradas, en otras caricias, en otros besos. Pero un día supe que nunca sería igual.
- Y ahora ¿Aprendiste a querer sin comparar? – le respondí.
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Hurgó en su cartera y sacó un pañuelo, mientras su rostro se compungía. Una nube de dolor cubrió su mirada y con el tono muy bajo, dijo:

- No puedo quererlo como él se lo merece. Me cuida, me protege y me da todo lo mejor de sus sentimientos..., pero no sé como corresponderlo.
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Las lágrimas brotaron de sus lánguidos y tristes ojos. Pero que hermosos eran. Y siguió diciendo:
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- Me enteré por accidente que sus negocios no andan muy bien. Y no me lo dijo.
- Cada día se esfuerza por ser mejor. No sé qué hacer, estoy muy confundida.
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La tomé de las manos y como aquel que sólo puede comprender, le dije:

- Haz el esfuerzo de amarlo tratando de que, por lo menos, ambos sean felices.
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Miró disimuladamente su reloj y lentamente se incorporó.

- Debo partir...
- Donde estés te recordare, le dije.
- Voy a necesitarte, me contestó.
- Invoca mi nombre y estaré contigo. No lo dudes.
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La vi partir otra vez, pero sentí que ya no la volvería a encontrar. Los sonidos de la ciudad me envolvieron hasta que desapareció entre la gente.
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- ¡Abuelito, abuelito...! Ya volví..., me interrumpió una vocecita de ocho años, que corría agitado hacia mí.

- ¿Estás llorando? Me preguntó sorprendido. Cuando murió la mamá de mi amiguito, me dijiste que algunas personas no pueden llorar.
- Me equivoqué querido mío... ¡Me equivoqué!

Amigo..., el tiempo pasa.

© 2009, Armando Maronese
J. 13/8/2020
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Publicado por Armando Maronese en 8.7.09
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